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"Me van a deportar": las voces de los cubanos detenidos por estar en La Habana

Crónica

Durante las nueve horas que permanecí detenida en una estación policial, escuché las despedidas de quienes serían expulsados por no tener una dirección de la capital en su carné de identidad

Son principalmente hombres jóvenes, procedentes del oriente cubano, detenidos porque su carné de identidad no tiene una dirección de La Habana. / 14ymedio

La Habana/"Tráeme toda la ropa y los zapatos, que me van a deportar", se escucha decir a un hombre joven en el teléfono habilitado en la zona de calabozos de la 4ta Unidad de la Policía, en la barriada habanera del Cerro. La voz llega hasta mi celda desde el pasillo de esta planta subterránea, a la que se accede por la parte trasera de la estación. Huele a orine, los cerrojos retumban y cada llamada telefónica permite reconstruir un pedazo del país.

El carcelero, al que llaman El Jimagua, va y viene entre las rejas. Se escuchan órdenes, protestas y el ruido metálico de las puertas. Unos detenidos entran, otros salen para hacer su única llamada. Algunos recuperan la libertad; otros reciben la noticia de que serán enviados al centro de detención El Vivac y luego a sus provincias. Las palabras "ilegales" y "deportación" se repiten tanto que terminan por protagonizar el breve vocabulario del encierro.

En las casi nueve horas que permanezco allí cuento más de una decena de casos. Son principalmente hombres jóvenes, procedentes del oriente cubano, detenidos porque su carné de identidad no tiene una dirección de La Habana. Por el movimiento de los policías y las conversaciones que escucho, parece una maquinaria capaz de procesar decenas, quizás cientos, de personas cada jornada. No puedo comprobar la cifra, pero sí escuchar sus consecuencias.

En esa llamada cabe la historia de una familia entera: una madre, un pequeño que espera y alguien que no llegará a tiempo para recogerlo

"Dile a mi mamá que vaya a buscar al niño, que lo dejé con la vecina de al lado y ya no voy a poder regresar. Me van a deportar", dice otra voz, más madura. En esa llamada cabe la historia de una familia entera: una madre, un pequeño que espera y alguien que no llegará a tiempo para recogerlo.

A veces ni siquiera pueden salir de las celdas para llamar. Entonces El Jimagua hace de intermediario. El detenido grita desde las rejas, el carcelero transmite el mensaje por el teléfono y un familiar responde desde algún lugar de la ciudad. Tres voces para una conversación que todos escuchamos en silencio. Así conozco a mis vecinos de encierro, por sus urgencias, sus despedidas y las instrucciones que necesitan condensar en una sola oportunidad.

Otro detenido consigue que lo lleven hasta el teléfono, pero se enfrenta a un obstáculo. No recuerda un solo número completo al que llamar. Las agendas de los móviles han atrofiado la memoria de muchos, acostumbrados a pulsar sobre un nombre sin tener que recordar los dígitos. El hombre marca algunos botones y se queda paralizado. Vuelve a intentarlo, pero tampoco logra completar la secuencia. "De los únicos números que me acuerdo es de gente que se ha ido del país o se ha muerto", lamenta. Devuelve el auricular a su sitio. Ha perdido su única oportunidad de avisar que está preso.

El Jimagua llama a un detenido. Le han puesto una fianza de 50.000 pesos y saldrá libre. Pero no es del grupo de los "ilegales". Esos no tienen forma de librarse de la "deportación"

En mi celda, las paredes guardan otros testimonios. La Mora del Cerro, Yunieski El Cabilla y Yantiel, que encerró su nombre en un círculo, dejaron constancia de su paso. Cerca de la puerta hay marcas de conteo. Cuatro rayas verticales cruzadas por una diagonal, repetidas en al menos seis grupos. Alguien tuvo tiempo de sobra para llevar la contabilidad de cada día que pasó allí.

Los presos han arrancado fragmentos de azulejos para raspar la pintura y escribir. Uno se proclama "El Rey de La Timba"; otro, "Papito, lo mejor de El Canal". Privados hasta de los cordones de los zapatos, se aferran al barrio, al apodo, a la tribu que los identifica.

Resulta entonces más brutal escuchar que tantos cubanos son tratados como basura en su propia tierra.  

Otra puerta se abre. El Jimagua llama a un detenido. Le han puesto una fianza de 50.000 pesos y saldrá libre. Pero no es del grupo de los "ilegales". Esos no tienen forma de librarse de la "deportación" aunque paguen millones de pesos. En unas horas yo también saldré de mi encierro, tras un arresto arbitrario.

Aunque en mi carné de identidad dice que vivo en La Habana yo pertenezco a otro grupo de ciudadanos de tercera categoría. Soy una ilegal del pensamiento, una intrusa en el territorio de las ideas permitidas, una cubana a la que no pueden deportar porque todavía no han encontrado cómo expulsarla de su propia conciencia.

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