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En el Pediátrico de Matanzas, falta hasta quien ponga una inyección

Salud

La escasez de enfermeros deja a niños y familiares esperando durante horas en un hospital golpeado por el éxodo de personal sanitario

La falta de personal sanitario se ha convertido en uno de los agujeros más visibles del sistema de salud cubano. / 14ymedio
Julio César Contreras

15 de octubre 2026 - 04:55

Matanzas/En el cuerpo de guardia del Hospital Pediátrico Eliseo Noel Caamaño apenas se ve ya al personal sanitario moviéndose de un lado a otro. Por el pasillo que conduce a las salas de ingreso, de vez en cuando alguien con bata blanca sale de una consulta, cierra la puerta y se aleja con prisa para evitar preguntas. En los bancos metálicos quedan niños y familiares, mirando hacia el local de enfermería y esperando a una empleada que, según les dicen, fue a merendar.

De pie frente a esa puerta, Yanelis tiene menos paciencia. Su hijo de cuatro años necesita una inyección para bajar la fiebre persistente. "Primero tuve que mandar a comprar en la calle el acetaminofén, porque aquí adentro no lo hay. Hace más de una hora que el médico nos atendió y todavía no hemos podido resolver porque la enfermera está desaparecida", cuenta a 14ymedio. La joven amenaza con ir hasta la dirección del hospital. 

Su hijo de cuatro años necesita una inyección para bajar la fiebre persistente. / 14ymedio

La falta de personal sanitario se ha convertido en uno de los agujeros más visibles del sistema de salud cubano. En diciembre de 2024, incluso una comisión de diputados que recorrió 39 municipios de las 15 provincias reconoció que la salida de profesionales hacia otros sectores y la estampida migratoria habían convertido el déficit de trabajadores en uno de los problemas más alarmantes de la Salud Pública. Años antes, las propias autoridades habían admitido la marcha de profesionales y técnicos hacia otras actividades económicas, dentro y fuera del país. El déficit no ha hecho más que agravarse.

En el Pediátrico matancero esa estadística adquiere rostros concretos. Una joven madre seca con un pañuelo el sudor que cubre la cara de su hija. Desde las 8:30 de la mañana pidió el último para las inyecciones. Pasadas las diez, ha visto atravesar el cuerpo de guardia a ancianos vendiendo maní tostado y a estudiantes de Medicina que conversan abiertamente sobre la falta de profesores en la Universidad de Ciencias Médicas, pero ni un solo profesional de enfermería ha entrado al local.

"Parece mentira que en este hospital no aparezca un enfermero para poner una inyección", protesta. La jeringa y la amoxicilina siguen dentro de su bolso cuando el antibiótico ya debería estar haciendo efecto en el organismo de la niña. Falta lo que en otros tiempos se daba por sentado: la mano especializada que lo administre.

Un niño rompe a llorar y la impaciencia crece. La recepcionista aparta finalmente la vista del teléfono y asegura que ya fueron a buscar a la enfermera. Luego ofrece una explicación que provoca más preocupación que alivio: "Ella lleva 72 horas trabajando sola y hay que entender que se cansa porque es un ser humano". La empleada da gracias a Dios porque no haya llegado una urgencia.

Como el niño no puede subir escaleras porque está en silla de ruedas, ha tenido que dejarlo solo mientras rastrea el hospital. / 14ymedio

La frase resume el problema. No se trata solo de medicamentos ausentes, equipos rotos o edificios deteriorados. En un sistema que durante décadas convirtió la abundancia de batas blancas en una bandera propagandística, ahora también faltan quienes sepan poner una inyección, medir la presión arterial o preparar un aerosol. En julio pasado, varios sanitarios consultados por 14ymedio describían un panorama de bajos salarios, carencia de medios y estadísticas oficiales que, según denunciaban, impulsaba a muchos a pedir la baja del sector.

Otra madre recorre el segundo piso del pediátrico buscando ayuda. "No encontré a nadie que pudiera atendernos", relata. Como el niño no puede subir escaleras porque está en silla de ruedas, ha tenido que dejarlo solo mientras rastrea el hospital. Ya piensa en otra solución: localizar a un enfermero conocido para que vaya a su casa. "Seguro tengo que pagarle algo, pero eso es preferible antes que pasar la semana que dura el tratamiento cayéndole atrás a esta gente".

Un hombre entra cargando a una niña y pregunta quién es el último para las inyecciones. Ha llegado desde el policlínico que le corresponde, donde encontró una situación parecida. Se sienta y mantiene la mirada fija en una puerta, pendiente de que aparezca alguien con una bata blanca.

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