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Lo que El Cangrejo no puede querer

Opinión

Lo que no comprende Rodríguez Castro es algo sumamente básico y evidente: desear que el pueblo viva como él, tomado en serio, exige la desaparición del sistema que sostiene sus lujos

Raúl Castro y su nieto Raúl Guillermo Rodríguez, 'El Cangrejo', en una imagen de 2009. / EFE/Alejandro Ernesto
Karel J. Leyva

18 de julio 2026 - 07:41

Montreal/Raúl Guillermo Rodríguez Castro (El Cangrejo, nieto de Raúl Castro) le dijo recientemente a USA Today, vestido con Hugo Boss, Hermès y un Rolex de acero, que le duele que el pueblo cubano no pueda vivir como él.

Las críticas a su hipocresía no se hicieron esperar: un "revolucionario" que no solo vive en el lujo, sino que se pavonea abiertamente de él mientras el pueblo vive en la más abyecta miseria; un simple guardaespaldas con dificultades para comunicarse que se siente útil para mejorar la situación de un país que sus personajes más admirados, cuyas iniciales lleva grabadas en su medallón de oro, destruyeron, sumiéndolo en la oscuridad.

Más allá del chiste de mal gusto del heredero, más allá del desliz moral, de la profunda repugnancia que despertó su cinismo, su “dolor” revela una paradoja que quizá ni él mismo alcanza a comprender.

El Cangrejo no vive bien a pesar de que Cuba vive mal: vive bien porque Cuba vive mal

El Cangrejo no vive bien a pesar de que Cuba vive mal: vive bien porque Cuba vive mal. La miseria, el hambre y la oscuridad del pueblo cubano, su deterioro físico y moral, son la condición de posibilidad misma de su opulencia. El mismo aparato que le permite cargar informes clasificados en un maletín Ferragamo mientras saquea al país es el que produce la escasez que El Cangrejo dice lamentar.

Más allá de su absurda presuposición (que le duela que el pueblo no use Rolex y zapatillas de miles de dólares, como si esa fuera la aspiración del pueblo, como si esa fuera la norma sobre la cual evaluar el bienestar de una nación, como si su estilo de vida fuera la medida de todas las cosas, como diría Protágoras), lo que no comprende El Cangrejo es algo sumamente básico y evidente: desear que el pueblo viva como él, tomado en serio, exige la desaparición del sistema que sostiene sus lujos y los de toda la élite que controla el país.

Su “me duele” es, de hecho, una frase sin referente posible: no señala ningún mundo que Rodríguez Castro pueda coherentemente querer. Y sin embargo la dijo, en una entrevista concedida, mientras se postulaba explícitamente como interlocutor que representa los intereses de la nación cubana.

Más que una confesión de doble moral, El Cangrejo se estaba probando el traje de sucesor presentable ante la única audiencia que hoy decide si Cuba tiene transición democrática o solo tiene herencia. El mensaje, traducido, es: aquí hay alguien con quien negociar sin tocar el aparato opresor. 

El pueblo no necesita vivir como El Cangrejo. Necesita que desaparezca el sistema de privilegios que sostiene sus lujos mientras millones de cubanos apenas consiguen sobrevivir en la escasez

Se podría objetar que al menos es más honesto que algunos de sus familiares, siempre de uniforme verde olivo, siempre negando el privilegio, mientras él lo exhibe ante el mundo entero sin el más mínimo remordimiento. Pero su postura es, o bien una técnica de relaciones públicas, o el simple descuido de alguien acostumbrado a sentirse y mostrarse superior al resto de los cubanos por el solo hecho de haber nacido en la familia que durante décadas los ha oprimido.

Si de verdad le duele que el pueblo no viva como él, ¿está dispuesto a dejar de vivir como vive? Si su dolor es auténtico, ¿vendería sus pertenencias para aliviar el hambre de los ancianos, para comprar generadores eléctricos? ¿Vendería su gruesa cadena de oro, sus tenis de la casa de lujo francesa Hermès o su maletín Ferragamo para aliviar, aunque sea ligeramente, ese dolor? ¿Se desprendería también de todo aquello que nunca se atrevería a mostrar ante una cámara?

Pero hay una pregunta anterior a esas, y más fundamental; la única que decide si su dolor es sincero: ¿renunciaría al aparato mismo (al conglomerado, al mando, al lugar que ocupa por sangre y no por mérito), aceptaría dejar de ser el "candidato presentable", abdicaría de la sucesión que tanto ambiciona y, sobre todo, desaparecería para siempre de la vista de los cubanos?

El pueblo no necesita vivir como El Cangrejo. Necesita que desaparezca el sistema de privilegios que sostiene sus lujos mientras millones de cubanos apenas consiguen sobrevivir en la escasez. Pero si ese sistema desapareciera, también desaparecerían las condiciones que produjeron a El Cangrejo. Y eso, precisamente, es lo que El Cangrejo jamás podría querer.

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